Sunday, January 10, 2010

Mientras cante el grillo


Ok, parece que como sea me tengo que poner a escribir porque:
1) no tengo nada de sueño, me siento muy lucido, no hay nadie con quien hablar… y no me interesa enumerar. Mejor contar.
¡¿Qué carajo pasa?! Llego a mi casa (departamento, yo le digo “casa”) y hay un grillo (¿¿¿???) sí, noche rarísima. De esas que por ahí llegan muy cada tanto para decirte o que la estás teniendo muuuuy clara o te mandaste cualquiera y vomitaste tu alma un rato, creo que la segunda. En principio no hice nada “productivo” en todo el día, lo cual empieza a parecerme… bien… después de unas semanas… o meses… es que hacer nada es imposible. Hoy solo tenía que dar una clase de canto y mi alumno me canceló con un mensaje de texto:

Tuve problemas y no pude dormir.

Me intrigó pero en fin, creo que nunca voy a poder conocer bien a algunas personas. Casualmente recibí otro mensaje de Leo Tribilsi, un amigo mío desde hace bastante, que decía:

¡Vamos de gira!

Interpreté que se estaría refiriendo a algo que habíamos estado hablando la noche anterior y había surgido durante la cena en un lugar al que llamamos Paninnis. La cuestión es que Leo hacía tiempo venía interesado en las pastillas o… pastis, como se le dice por aquí. Le habían pegado muy bien la primera vez que tomó en no sé que poronga de fiesta electrónica que a mi me dan por las bolas todas. A partir de ahí intentó conseguir ese cuelgue unas cuantas veces más pero por distintos motivos no podía, o había que saber de que marca eran porque determina como están hechas y no recuerdo que cosa averiguó por Internet, como sea! Me pregunta durante la cena que si le consigo pastis a través de Demián (un dealer para chetos al que yo le había comprado bastante faso en el pasado). En principio me niego solo para molestarlo pero luego decido apurarlo y decirle – está bien Leo ¿cuándo podés a la tarde? – a lo que él me contesta – nunca. Porque Leo trabaja todo el día en el negocio de sus padres, una perfumería en Laferrere. Situación que Leo detesta pero por algún motivo parece no poder dejar. Es una historia que me parece interesante por como actúa cada miembro de su familia en relación a las decisiones del otro o quizás porque lo entiendo (yo no soy tan distinto) o quizás solo porque es mi amigo. Espero que reaparezca el tema más tarde para poder hablar de su familia después, mientras el grillo cante en el living…
Le contesté que si no podía a la tarde entonces no se podía hacer nada. Entonces se da vuelta completamente y me dice – bueno, entonces mañana. Jony Blanga, otro amigo de hace bastante también atado a su familia por complejos mecanismos como muchos de nosotros, le dice – ¡cualquiera! ¿Mira lo que haces por las pastillas esas? – o algo así, ahora suena feo pero en realidad creo que todos sabemos que no somos nadie para juzgar a nadie. Nos reímos y queda ahí, nada más por esa noche, o así entendí yo. Por eso me sorprende su mensaje:

¡Vamos de gira!

Y visto que yo tampoco tenía nada que hacer lo llamé para que me explicara con más detalle su propuesta… que resultó bastante sencilla a decir verdad. Él ya había arreglado que tenía la tarde libre con sus: padres/jefes/socios/empleados/esclavos/un kilombo. Así que quería saber si podíamos ir a ver a Demián o de última se venía a la tarde a mi casa a boludear por ahí. Le dije que estaba bien y que lo llamaba a Demián para ver que onda. Demián no respondió pero Leo llegó a mi casa igual. Le mostré algunas cosas en el piano y en la trompeta porque tenía ganas de que vea mis “últimos progresos en la música” como un pendejo que saluda a sus papis desde un carrito de LA VUELTA AL MUNDO y el me mostró los suyos con otras cosas para ser dos amiguitos pendejiles que van jugando por un mundo de mierda que no vale un choto. Luego salimos al balcón a que él fume un cigarro y yo algo parecido a una tuca que había quedado de la noche anterior. Cuando entramos sonó mi celular. Nº PRIVADO, decía. Atendí y tardé un rato en identificar a Demián, hacía mucho que no lo escuchaba y además él no me ubicaba nunca aunque yo solía pensar que sí. Me preguntaba - ¿Andrés? ¿Qué Andrés? –A lo que yo solo podía decirle – Yo, Andrés, la última vez nos vimos por Palermo. Del motivo por el cual nos habíamos visto por Palermo yo no decía nada desde que me había retado la primera vez que hablé con él por llamarlo y decirle – hola, sí, me dieron este numero para comprar faso – con total inocencia aunque aquella vez yo lo había llamado a su teléfono y ahora el me llamaba desde un teléfono publico. Finalmente me ubicó o se dio cuenta que yo no era un cana o un chorro o vaya uno a saber que monstruo suburbano. Así que me preguntó si andaba por Palermo (parece que se moviese solo por Palermo) porque él iba a estar por esas calles hasta las 19:30 aprox. y le dije que no pero que podía estar por ahí. Hasta ahí resuelto. Nos vamos con Leo para el caótico, cheto y lleno de buenos culos barrio de Palermo. La ciudad, como siempre, resulta ser un desastre en el que parecíamos ser lentamente drenados hacia un centro lleno de barro y gente toda mezclada, transpirada y enferma. Apretados dentro un monstruo mecánico que se mueve a menos de la velocidad de los pies humanos entre miles de otros monstruos en las mismas condiciones, decidimos bajarnos en la primera parada posible mientras que podamos llamar a ese lugar: PALERMO. Ni bien bajamos, llamo a Demián y le informo de nuestro paradero: Paraguay y Bilingbursh (así le dice Leo a Billinghurst). Él me dice que no está por la zona pero que nos encontramos en Paraguay y Armenia en media hora. Entonces caminamos hacia allí y en el medio compramos un Mogul en un kiosco para tener monedas porque en mi ciudad es difícil conseguir monedas y los colectivos solo aceptan monedas, así que a todos les cuesta conseguirlas o compran cosas que no quieren para obtenerlas o hacen largas colas en bancos y todos se quejan pero nadie hace nada y nadie se niega a este sistema de pago y todo así de “coherente”. Llegamos a la esquina pactada, Leo pasa al baño en un barcito que lo deja y esperamos a Demián. Aparece en su camioneta mágica de sustancias y nos subimos en ella. Yo le venía hablando bien de Demián “como dealer” a Leo y él confirma lo que le contaba cuando lo conoce. No se parece a los dealers que ninguno de los dos haya conocido antes. Es más humano y hasta parece muy sincero. Deja hablar y decidir sin sentirse tan amenazado. Eso me gusta de él, quizás por eso la gente va con él aunque cobre más caro o quizás es solo porque a mucha gente le sobra el dinero y solo quiere drogarse todo el tiempo. Cuando le preguntamos por las pastis nos dice que solo tiene de las peposas. Ninguno sabía lo que eso significaba así que nos explica que existen de las peposas y de las anfetosas, “éxtasis real ya no hay en el país y si alguien más dice que te va a vender éxtasis, te está mintiendo”. Entonces me imagino que Leo se va a resignar y le va a decir que entonces nada pero prefiere pedirle 10. Yo le pregunto si tiene pepas y me dice que por el momento nada pero que recibe en estos días. Como no quería irme a casa con las manos vacías le pido faso y me da un paquete de $100 del cual yo solo quería $50 y el resto Leo accede a repartirlo por ahí. Demián nos invita el domingo a una fiesta de música Trance (más de toda esa mierda electrónica que a mi me da por las bolas). Según cuenta él, va con un grupo de 40 amigos, me imagino que debe hacer un negoción vendiendo pastis durante la fiesta. Bajamos y Leo me cuenta que le intrigan muchísimo esas fiestas de las que habla Demián, esa debe ser gente muy llamativa y extraña, es cierto. Empezamos a caminar hablando de cómo serán esas pastis que tiene en el bolsillo. Ante la intriga decidimos probar una cada uno aunque sea un miércoles a la tarde y esperamos que no nos haga bailar o “rebotar” como dicen los pastilleros visto que no estamos demasiado provistos de ningún ritmo en particular para llevarnos más que del grito perpetuo de la tarde porteña. Efectivamente no es así. A medida que se hace de noche nos vamos dando cuenta que son más parecidas a una pepa que a otra cosa. Rápidamente Leo llama a Fede Contartese porque había arreglado para ir a ensayar con él y Gus. Los ensayos de esos chicos solían ser algo completamente libre en el que cada uno podía tocar lo que quiera y pretendían conectarse entre si en ese plano de la forma más intensa posible. Entonces arreglamos para ir a lo de Fede pero damos vueltas por ahí durante media hora para darle tiempo a que se bañe. Llegamos y escuchamos algo de jazz, Kind of Blue de Miles Davis. Leo parece empezar a “viajar” pero yo nada. Pasa el rato y lo cierto es que yo no quería ir al ensayo, creo que consideraba eso “colgar demasiado” pero tampoco quería quedarme solo porque creía que si me hacía efecto iba a querer tener a alguien con quien hablar. Así que arreglo con otro viejo amigo, Gaby Freidkes, para ir a cenar a lo de Facu Saiegh donde él se encontraba. Facu, Gaby y yo habíamos formado parte de una banda en el pasado que había dejado de existir o aparecía muy esporádicamente en eructos de existencia que resultaban en un ensayo ruidoso y rockero muy poderoso y sin rumbo… Sin rumbo…
Sin rumbo…
Sin rumbo… como estas palabras… en algún punto llegué a mi casa y me encontré con el grillo… a esta altura puedo confirmar el efecto de dicha pastilla misteriosa, no es una pepa, no es una pasti, no te acelera, no te produce risa… no sé que te hace pero me tuvo aquí solo escribiendo durante todo este rato…
Me siento cansado y es tarde, creo que mañana voy a estar más cansado de lo habitual y ya no soy de esos que creen que dormir es perder el tiempo, me da placer dormir, me da placer esperar a quedarme dormido, me da placer hundirme en la almohada y el solo pensarlo me da placer… ahora que lo pienso ya no está cantando el grillo.

Cancioncita (apta para imaginar como una chacarera)


Es probable que te olvide
Cuando me vaya dormir
Pero aunque sea un momento
Vos hoy me haces muy feliz
Ay, cancioncita mía
Te tocó ser para mí
No sé si seré tu dueño
Pero sé que hoy es así

Ay, cancioncita querida
Quien sabe de donde venís…
Quien sabe que te han hecho
Como llegaste hasta mí
Ay, cancioncita perdida
Hoy podes quedarte aquí
Te llevare en mi mochila
Por si alguien te quiere oír

Ay, cancioncita oportuna
Que me hiciste desvelar
Me agarraste desprevenido
Y ya no te puedo soltar
No te llevare a la fama
Pero te voy a cantar
Aunque sea poca gente
Alguien te va a recordar

Aunque no es lo que querías
Aunque haya gente sin fe
Serás batalla algún día
Eso yo lo puedo ver
Sé que me iré de este mundo
Pero vos te quedaras
Vas a despertar a otro
A otro que quiera cantar

Pequeña escena de teatro - De Manera Desgarradora


Escenario vacío, una luz alumbrando un errado centro en el que un nene llora. Lleva zapatos marrones y un enterito de Jean, además tiene una gorra en su mano izquierda y con la derecha oculta su rostro. Aparece un hombre que narrara las escenas, trae un podio.

Hombre del podio: … llora de manera desgarradora. Oh, como llora este niño, Diego ha perdido sus esperanzas aunque el verdadero motivo de su angustia es la perdida de confianza.

El niño sigue llorando.

Hombre del podio: ¿Qué te pasa Diego? ¿Es que no estás listo para crecer? ¿Para volverte un hombre? ¿Acaso sos cobarde niño maldito? ¿Por qué no contestás Diego?
Hugito: es que yo no soy Diego.
Hombre del podio: ah… perdón, vos eras…?
Hugito: Hugito.
Hombre del podio: ¿y qué pasa Hugito?
Hugito: es que me dí cuenta de que todos vamos a morir…
Hombre del podio: ahhhh, tan chico y tan inteligente, me haces acordar a mi infancia. Yo era tan rápido, tan lucido. Recuerdo que me gustaba pensar en la vida y la existencia, estaba destinado a ser un gran pensador pero mi madre enfermó y se la llevaron a otro país. Mi padre se disfrazó de mi madre e hizo muy bien el trabajo, entonces yo me volví mi padre y no tuve tiempo de dedicarme a la razón….
Hugito (interrumpe): Me chupa un huevo.

Hugito se va corriendo y deja la gorra tirada. El Hombre del podio se queda lastimado, se pone en la misma posición del nene (inclusive agarra la gorra con la izquierda y se cubre el rostro con la derecha) y empieza a llorar. Se apaga la luz.

Bruno y los mamarrachos


Un niño menor de 2 años observa este mundo, lo vive, lo incorpora, empieza a asimilarlo desde el momento en que es traído a él. Lo que llama su atención y lo que no es un misterio para nosotros que estamos aquí desde hace mucho más tiempo y hemos olvidado por completo esa porción de lo que es o fue nuestra identidad. Lo que le produce risa, angustia, intriga, asombro, no lo sabremos nunca. Aquellos que lo observan, sus padres o quien sea que pase tiempo con él, intentan producirle risas según estímulos como cosquillas o juegos, intentan evitar que llore solucionando lo que ellos creen que es un problema pero lo cierto es que no son ellos quienes lo hacen reír o evitan que llore, sino que empiezan a indicarle cuando reír y cuando dejar de llorar, al poco tiempo, el niño se acostumbra y pierde aquel código secreto que lo comunicaba directamente consigo mismo. Aquel extraño sentido de las cosas que lo hace ver en la realidad algo que los otros no ven y que no volverá a ver cuando su conciencia tome control de su persona. Aquella memoria de cómo era la realidad anterior, esa de la que venimos todos, cuando solo éramos un “quizás”, un deseo, una idea, un accidente… Si lo que obtenemos con el correr del tiempo es en definitiva, una identidad ¿A dónde va la que teníamos, por más extraña e impredecible que fuera? ¿Qué conservaremos de aquel primer contacto con la realidad en los años por venir?

Se podría decir que Bruno era un chico que se tomó su tiempo para madurar o para aprender algunas cosas. Durante su primer año de vida no interactuaba con nadie en ningún sentido, no sonreía con una cosquilla o ante un rostro amigable pero tampoco se ponía a llorar si se golpeaba con algo o si quería obtener alguna cosa. Sin embargo sus padres habían podido observarlo riendo solo o llorando sin motivo aparente. También se lo veía dejar de llorar sin motivo aparente. El mundo real parecía no importarle en lo más mínimo pero a sus padres les parecía que podría ser un niño algo diferente sin nada extraño en el mal sentido de la palabra. Después de que cumpliera un año empezaron a preocuparse cuando notaron que no empezaba a caminar, ni siquiera intentaba pararse. Lo llevaron al medico para que le examinase las piernas pero la realidad es que no presentaba ninguna dificultad motriz, solo parecía no importarle desplazarse de aquí para allá. Lo mismo ocurrió al cumplir los 2 años. Lo llevaron a otro especialista para que le encontrase una explicación al porque no había dicho ninguna palabra, ni siquiera “papá” o “mamá”. Ni siquiera emitía un sonido por la boca. Nuevamente les comunicaron que se trataba de un niño perfectamente sano y que podría hablar cuando quisiese. Bruno parecía ajeno a todo esto, simplemente no le importaba. Consideraron la posibilidad de que se tratase de autismo pero los expertos en la materia volvieron a refutarles su teoría, Bruno no era autista. Pasaba su tiempo solo, observando esto o aquello sin moverse de su lugar, tenía todo tipo de juguetes pero la realidad es que no se encariñaba con ninguno, ¿Cómo iba a encariñarse si ni siquiera los había agarrado una vez?
Sin embargo, habían encontrado en su habitación algún que otro garabateo dibujado con crayón, lápiz o lo que fuere sobre cualquier tipo de superficie. Había algo parecido a un pequeño círculo en el suelo, unas formas indescifrables sobre un costado de la cuna y algunas rayas poco rectas en una de las paredes. Estos dibujos parecían ser lo único que verdaderamente le importaban a Bruno aunque jamás lo habían visto dibujando. Dado que era su único medio de expresión le dejaban lápices de colores para que jugase pero sin embargo los dibujos que aparecían estaban hechos con biromes del padre o el lápiz labial de la madre. No se sabía cuando ni como los había tomado pero sin embargo ahí estaban los dibujos y las armas del delito que ni siquiera se molestaba en devolver a los respectivos lugares. Para su padre, Gregorio Pasos o Goyo, como solía llamarlo todo el mundo, esto no significaba demasiado. Era solo una característica más de la extraña personalidad de su hijo. Lo cierto es que Goyo vivía para el trabajo. De niño había sido pobre y le aterraba la idea de bajar su nivel de vida cada vez más hasta que volviese a una situación económica similar a la de su infancia. Mientras hubiese pan en la mesa y nadie cuestionase su rol como jefe de familia, su hijo podía hacer lo que quisiera. Por lo menos a él le había resultado esa formula, jamás había cuestionado a su padre a quien consideraba un perdedor, jamás le había dicho el concepto que tenía de él tampoco. Podía seguir regocijándose de orgullo por sus logros materiales mientras todos lo envidiasen por su éxito en los negocios y en la vida social. La manera de ver el mundo de Goyo dejaba en una posición muy solitaria a Silvia, la madre de Bruno. Silvia Perik tenía grandes expectativas para Bruno. Venía de una familia de mujeres, muchas mujeres. Su padre, el abuelo de Bruno, había sido el único hombre entre 6 hermanas. Por lo tanto cargaba con el peso del apellido de una extinta familia de un pequeño pueblo polaco que la historia había barrido, pero no había tenido suerte y sus cuatro intentos reproductivos con su esposa habían resultado en cuatro hermosas mujeres. Frustrado, las había educado para que fuesen buenas madres y esposas pero de las cuatro la única que había querido escucharlo había sido Silvia. Las otras tres habían tomado distintos caminos muy alejados de lo que él pretendía. Por eso para Silvia el nacimiento de Bruno era un acontecimiento de carácter divino, como si no lo fuese ya el mero hecho de traer vida a este mundo. Goyo no sentía orgullo por su familia, así que le había permitido a Silvia que el niño llevase el apellido de ambos, de esta forma la simpática palabrilla Perik podría seguir salpicando algún que otro labio humano por algunos años más. Pero esto no era solo un juego de palabras para ella. Bruno Pasos-Perik no era solo una consecuencia de que abriese sus piernas frente a un joven emprendedor que le prometía escenarios llenos de alegría y amor. Bruno era su salvación, la del ya difunto abuelo Perik, era el niño que ella no pudo ser. Tenía todas las virtudes que ella no pudo conseguir por más que se esforzase, él era un varón. También representaba ese escenario lleno de alegría y de éxito. Bruno era una señal, tenía que ser algo más grande, un genio, un líder, el premio por haber jugado tan pacientemente a un juego de mesa tan injusto, misterioso y de reglas tan poco claras. Por eso el asunto de los dibujos la había conmocionado tanto. Había sido la gota que rebalsaba el vaso. Entendía que no podía llegar a un acuerdo con esa criatura que no hablaba su lengua ni le importaban sus motivos pero tampoco podía quedarse sentada viendo como ese niño dibujaba mamarrachos sobre sus sueños impunemente. Ni imaginaba que quizás estos dibujos fuesen el principio de la profecía que ella tanto anhelaba y que terminaría dilapidando como ocurre tan a menudo con las madres que tienen grandes esperanzas.
Poco podemos entender sobre el significado de aquellos dibujos tan faltos de criterio, de concepto y por lo tanto tan llenos de vida. Poco entenderá el lector, poco entenderá el autor y poco entendía Silvia. Pero lo cierto es que no quería entenderlos, quería sacar a Bruno de ese lugar, quería que dejase de traernos mensajes de otro planeta para que empezase a vivir entre nosotros. No quería un profeta venido de los cielos, quería un rey en el infierno pero para ese entonces aun no lo veía tan claro. Veía en el potencial creativo de su hijo una amenaza y concluyó que lo mejor que podría hacer era dilapidar ese potencial. Decidió ahogar toda su frustración y correr hacia la normalidad como un toro cegado por el dolor arrastrando a Bruno consigo misma. Empezó hablándole a Bruno como si fuese un adulto. No eran solo pequeñas palabrillas cariñosas, se trataban de parlamentos complejos acerca de esto y aquello, trataba de comentarle todo lo que se le ocurría respecto de la realidad. Pasaban largos ratos mirando televisión mientras ella le comentaba todo lo que le venía a su mente de la forma más normal, adulta y correcta. El mismo criterio se aplicaba al desplazamiento. Si tenía que arrastrar a su hijo hasta que caminase lo haría, y lo hizo. Llevaba a su hijo a la plaza arrastrándolo por las calles como si fuese un niño que lleva de la mano a un oso de peluche. Bruno, como era de esperar no lloraba ni se quejaba. Más de una vez algún extraño se acercó para expresar su desaprobación por los métodos de Silvia. Ella solo respondía con una mirada violenta o alguna frase coherente que apelaba a su derecho de propiedad sobre su hijo y de criarlo como le diese la gana. No podemos decir que Silvia no haya sufrido. No era una tirana que disfrutaba el sufrimiento ajeno, no, era una madre desesperada, ansiosa si se quiere pero no malvada. Goyo decía poco al respecto, lo cierto es que no trabajaba durante el día y no veía con frecuencia como Silvia arrastraba a Bruno de aquí para allá. Alguna vez le expresó que quizás estuviese siendo un poco cruel pero ante la respuesta de Silvia de que podría encargarse él decidió reconocer el esfuerzo de su esposa y dejarla tranquila con sus asuntos. Un año y medio Silvia aplicó sus métodos sin resultado alguno, sin que las plantas de los piecitos de Bruno besasen el suelo, sin que su lengua dibujase una palabra en el aire, sin que se extinguieran los malditos dibujos. Hasta que un día, poco antes de que Bruno cumpliese 4 años, su pie derecho se apoyó en el suelo. Silvia detuvo su marcha estupefacta sin soltar a su hijo, solo para ver como apoyaba ahora el pie izquierdo. Antes de que pudiese decir una palabra Bruno estaba caminando sin esfuerzo alguno ni razón aparente. Silvia no comprendió el porque de este repentino cambio pero lo acepto gustosa ¿Cómo sabría que lo llevo a caminar si no supo nunca que se lo impedía? Silvia se alejo un poco de Bruno para regocijarse ante el espectáculo que resultaba tan ordinario para cualquier transeúnte. De pronto, sintió un extraño cosquilleo en las comisuras de sus labios, una sensación que conocía pero que no experimentaba hacía tiempo. Silvia estaba sonriendo.