Sunday, January 10, 2010

Bruno y los mamarrachos


Un niño menor de 2 años observa este mundo, lo vive, lo incorpora, empieza a asimilarlo desde el momento en que es traído a él. Lo que llama su atención y lo que no es un misterio para nosotros que estamos aquí desde hace mucho más tiempo y hemos olvidado por completo esa porción de lo que es o fue nuestra identidad. Lo que le produce risa, angustia, intriga, asombro, no lo sabremos nunca. Aquellos que lo observan, sus padres o quien sea que pase tiempo con él, intentan producirle risas según estímulos como cosquillas o juegos, intentan evitar que llore solucionando lo que ellos creen que es un problema pero lo cierto es que no son ellos quienes lo hacen reír o evitan que llore, sino que empiezan a indicarle cuando reír y cuando dejar de llorar, al poco tiempo, el niño se acostumbra y pierde aquel código secreto que lo comunicaba directamente consigo mismo. Aquel extraño sentido de las cosas que lo hace ver en la realidad algo que los otros no ven y que no volverá a ver cuando su conciencia tome control de su persona. Aquella memoria de cómo era la realidad anterior, esa de la que venimos todos, cuando solo éramos un “quizás”, un deseo, una idea, un accidente… Si lo que obtenemos con el correr del tiempo es en definitiva, una identidad ¿A dónde va la que teníamos, por más extraña e impredecible que fuera? ¿Qué conservaremos de aquel primer contacto con la realidad en los años por venir?

Se podría decir que Bruno era un chico que se tomó su tiempo para madurar o para aprender algunas cosas. Durante su primer año de vida no interactuaba con nadie en ningún sentido, no sonreía con una cosquilla o ante un rostro amigable pero tampoco se ponía a llorar si se golpeaba con algo o si quería obtener alguna cosa. Sin embargo sus padres habían podido observarlo riendo solo o llorando sin motivo aparente. También se lo veía dejar de llorar sin motivo aparente. El mundo real parecía no importarle en lo más mínimo pero a sus padres les parecía que podría ser un niño algo diferente sin nada extraño en el mal sentido de la palabra. Después de que cumpliera un año empezaron a preocuparse cuando notaron que no empezaba a caminar, ni siquiera intentaba pararse. Lo llevaron al medico para que le examinase las piernas pero la realidad es que no presentaba ninguna dificultad motriz, solo parecía no importarle desplazarse de aquí para allá. Lo mismo ocurrió al cumplir los 2 años. Lo llevaron a otro especialista para que le encontrase una explicación al porque no había dicho ninguna palabra, ni siquiera “papá” o “mamá”. Ni siquiera emitía un sonido por la boca. Nuevamente les comunicaron que se trataba de un niño perfectamente sano y que podría hablar cuando quisiese. Bruno parecía ajeno a todo esto, simplemente no le importaba. Consideraron la posibilidad de que se tratase de autismo pero los expertos en la materia volvieron a refutarles su teoría, Bruno no era autista. Pasaba su tiempo solo, observando esto o aquello sin moverse de su lugar, tenía todo tipo de juguetes pero la realidad es que no se encariñaba con ninguno, ¿Cómo iba a encariñarse si ni siquiera los había agarrado una vez?
Sin embargo, habían encontrado en su habitación algún que otro garabateo dibujado con crayón, lápiz o lo que fuere sobre cualquier tipo de superficie. Había algo parecido a un pequeño círculo en el suelo, unas formas indescifrables sobre un costado de la cuna y algunas rayas poco rectas en una de las paredes. Estos dibujos parecían ser lo único que verdaderamente le importaban a Bruno aunque jamás lo habían visto dibujando. Dado que era su único medio de expresión le dejaban lápices de colores para que jugase pero sin embargo los dibujos que aparecían estaban hechos con biromes del padre o el lápiz labial de la madre. No se sabía cuando ni como los había tomado pero sin embargo ahí estaban los dibujos y las armas del delito que ni siquiera se molestaba en devolver a los respectivos lugares. Para su padre, Gregorio Pasos o Goyo, como solía llamarlo todo el mundo, esto no significaba demasiado. Era solo una característica más de la extraña personalidad de su hijo. Lo cierto es que Goyo vivía para el trabajo. De niño había sido pobre y le aterraba la idea de bajar su nivel de vida cada vez más hasta que volviese a una situación económica similar a la de su infancia. Mientras hubiese pan en la mesa y nadie cuestionase su rol como jefe de familia, su hijo podía hacer lo que quisiera. Por lo menos a él le había resultado esa formula, jamás había cuestionado a su padre a quien consideraba un perdedor, jamás le había dicho el concepto que tenía de él tampoco. Podía seguir regocijándose de orgullo por sus logros materiales mientras todos lo envidiasen por su éxito en los negocios y en la vida social. La manera de ver el mundo de Goyo dejaba en una posición muy solitaria a Silvia, la madre de Bruno. Silvia Perik tenía grandes expectativas para Bruno. Venía de una familia de mujeres, muchas mujeres. Su padre, el abuelo de Bruno, había sido el único hombre entre 6 hermanas. Por lo tanto cargaba con el peso del apellido de una extinta familia de un pequeño pueblo polaco que la historia había barrido, pero no había tenido suerte y sus cuatro intentos reproductivos con su esposa habían resultado en cuatro hermosas mujeres. Frustrado, las había educado para que fuesen buenas madres y esposas pero de las cuatro la única que había querido escucharlo había sido Silvia. Las otras tres habían tomado distintos caminos muy alejados de lo que él pretendía. Por eso para Silvia el nacimiento de Bruno era un acontecimiento de carácter divino, como si no lo fuese ya el mero hecho de traer vida a este mundo. Goyo no sentía orgullo por su familia, así que le había permitido a Silvia que el niño llevase el apellido de ambos, de esta forma la simpática palabrilla Perik podría seguir salpicando algún que otro labio humano por algunos años más. Pero esto no era solo un juego de palabras para ella. Bruno Pasos-Perik no era solo una consecuencia de que abriese sus piernas frente a un joven emprendedor que le prometía escenarios llenos de alegría y amor. Bruno era su salvación, la del ya difunto abuelo Perik, era el niño que ella no pudo ser. Tenía todas las virtudes que ella no pudo conseguir por más que se esforzase, él era un varón. También representaba ese escenario lleno de alegría y de éxito. Bruno era una señal, tenía que ser algo más grande, un genio, un líder, el premio por haber jugado tan pacientemente a un juego de mesa tan injusto, misterioso y de reglas tan poco claras. Por eso el asunto de los dibujos la había conmocionado tanto. Había sido la gota que rebalsaba el vaso. Entendía que no podía llegar a un acuerdo con esa criatura que no hablaba su lengua ni le importaban sus motivos pero tampoco podía quedarse sentada viendo como ese niño dibujaba mamarrachos sobre sus sueños impunemente. Ni imaginaba que quizás estos dibujos fuesen el principio de la profecía que ella tanto anhelaba y que terminaría dilapidando como ocurre tan a menudo con las madres que tienen grandes esperanzas.
Poco podemos entender sobre el significado de aquellos dibujos tan faltos de criterio, de concepto y por lo tanto tan llenos de vida. Poco entenderá el lector, poco entenderá el autor y poco entendía Silvia. Pero lo cierto es que no quería entenderlos, quería sacar a Bruno de ese lugar, quería que dejase de traernos mensajes de otro planeta para que empezase a vivir entre nosotros. No quería un profeta venido de los cielos, quería un rey en el infierno pero para ese entonces aun no lo veía tan claro. Veía en el potencial creativo de su hijo una amenaza y concluyó que lo mejor que podría hacer era dilapidar ese potencial. Decidió ahogar toda su frustración y correr hacia la normalidad como un toro cegado por el dolor arrastrando a Bruno consigo misma. Empezó hablándole a Bruno como si fuese un adulto. No eran solo pequeñas palabrillas cariñosas, se trataban de parlamentos complejos acerca de esto y aquello, trataba de comentarle todo lo que se le ocurría respecto de la realidad. Pasaban largos ratos mirando televisión mientras ella le comentaba todo lo que le venía a su mente de la forma más normal, adulta y correcta. El mismo criterio se aplicaba al desplazamiento. Si tenía que arrastrar a su hijo hasta que caminase lo haría, y lo hizo. Llevaba a su hijo a la plaza arrastrándolo por las calles como si fuese un niño que lleva de la mano a un oso de peluche. Bruno, como era de esperar no lloraba ni se quejaba. Más de una vez algún extraño se acercó para expresar su desaprobación por los métodos de Silvia. Ella solo respondía con una mirada violenta o alguna frase coherente que apelaba a su derecho de propiedad sobre su hijo y de criarlo como le diese la gana. No podemos decir que Silvia no haya sufrido. No era una tirana que disfrutaba el sufrimiento ajeno, no, era una madre desesperada, ansiosa si se quiere pero no malvada. Goyo decía poco al respecto, lo cierto es que no trabajaba durante el día y no veía con frecuencia como Silvia arrastraba a Bruno de aquí para allá. Alguna vez le expresó que quizás estuviese siendo un poco cruel pero ante la respuesta de Silvia de que podría encargarse él decidió reconocer el esfuerzo de su esposa y dejarla tranquila con sus asuntos. Un año y medio Silvia aplicó sus métodos sin resultado alguno, sin que las plantas de los piecitos de Bruno besasen el suelo, sin que su lengua dibujase una palabra en el aire, sin que se extinguieran los malditos dibujos. Hasta que un día, poco antes de que Bruno cumpliese 4 años, su pie derecho se apoyó en el suelo. Silvia detuvo su marcha estupefacta sin soltar a su hijo, solo para ver como apoyaba ahora el pie izquierdo. Antes de que pudiese decir una palabra Bruno estaba caminando sin esfuerzo alguno ni razón aparente. Silvia no comprendió el porque de este repentino cambio pero lo acepto gustosa ¿Cómo sabría que lo llevo a caminar si no supo nunca que se lo impedía? Silvia se alejo un poco de Bruno para regocijarse ante el espectáculo que resultaba tan ordinario para cualquier transeúnte. De pronto, sintió un extraño cosquilleo en las comisuras de sus labios, una sensación que conocía pero que no experimentaba hacía tiempo. Silvia estaba sonriendo.

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